Hay un frío en mi interior. Tan profundo que nadie lo puede ver, ni siquiera yo. Podría incluso negarlo, decir que es mi imaginación, que nunca pasó, que nadie lo vió. Pero sería mentirme, porque el frío está ahí. Siento como me cala los huesos, como se instala en mi vientre sin permiso ni aviso. Y he aprendido a tropiezos que no puedo mentirme, que no puedo ser desleal conmigo, que no puedo no amarme. Entonces he de aceptar que el frío sí está ahí; aunque sea inexistente al tacto y no lo pueda explicar con palabras. Será mi secreto personal, un pacto con mi corazón. Y el frío duele, duele mucho y nadie me cree. Me cansé de explicarlo y no puedo negarlo. Debo tratar de deshacerme de él discretamente, algo que calme las punzadas constantes. Entonces me baño con el agua tan caliente como la pueda soportar, me acurruco y me abrazo muy fuerte las piernas en la ducha. Tratando de concentrar toda mi energía en mi vientre para que le llegue algo de calor. Y todo se empieza a diluír. El calor ...