La experiencia estética es primordial para la vida como seres humanos. Un día evolucionamos y dejamos de encaminarnos hacia lo que es útil solamente y empezamos a buscar además lo bello. Porque el ser humano disfruta de sus sentidos cuando éstos son deleitados y así se complace de la vida.
El mejoramiento de la sociedad va de la mano de una estética sana, aquella que complace tanto a la moral como a los sentidos. Entonces el teatro, la música, el arte y la escritura se vuelven cruciales en el desarrollo.
Sin embargo, la experiencia estética personal siempre puede variar dependiendo del entorno en que se crece. Por ejemplo, hoy día la mezcla no violenta de culturas nos permite conocer las experiencias estéticas ajenas a nosotros y no siempre lo que a mí me parecerá bello, bueno y complaciente le parecerá siquiera correcto a otra persona, quien tuvo un desarrollo diferente al mío.
Otro ejemplo: las religiones buscan homogeneizar la búsqueda de la belleza en una sociedad en particular, inculcando valores éticos y morales para llegar al bien y a la gloria divina, y por supuesto quién no querría la gloria eterna, el disfrute incluso más allá de la muerte; así mismo rechazan a las otras experiencias estéticas, tildándolas de pecado y maldad por no comprenderlas, porque no provocan en ellos el mismo deleite que su propia religión.
Entonces la falta de libertad en la búsqueda de la estética propia ha creado una estética negativa común, encasillando lo ajeno a mi cultura y a mi religión como algo malo, antiestético que debe ser eliminado iniciando un pretexto de guerra.
En cuanto a mí experiencia estética diría que se rige por la música y la literatura. Ambas exaltan el sentir de manera metafórica, respondiendo a preguntas sublimes que la lógica por sí misma no logra responder.
Un mundo no encaminado hacia la estética no sería humano, lo que nos diferencia de los animales además de la razón es el deleite del sentir. Sin este factor en la sociedad, sobraría lógica y eficacia. Pero esto no sirve si no se busca mejorar para ser feliz. Sin la estética seríamos un mundo vacío, sin sentido ni corazón; en el que no vale la pena vivir.
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