Ella llegó exhausta después de un largo día, por lo que se durmió profundamente y soñó que era un conejo blanco con los mitones gris claro, quien saltaba cada vez más y más alto, hasta que salió al espacio y voló entre el polvo de estrellas para luego aterrizar en la luna. Allí pudo apreciar el polvo plateado que se encontraba cubriendo la fría y áspera superficie lunar. Pasó después por allí una estrella fugaz a la que saltó sin dudarlo, después de todo, no tenía nada que perder. La estrella avanzaba a través del tiempo y el espacio sin vacilación, llevándola muy lejos, tan lejos que olvidó quién era y de dónde venía, llevándose todo el peso de la realidad con ello. Cruzaron muchas galaxias en busca de una luna que brillara sin necesidad del sol. Había muchos tipos de lunas, de todas las formas y colores, pero brillaban gracias a un sol, no por sí mismas. La coneja le pide tristemente a la estrella que la lleve lejos de allí, a un lugar lejano donde no hubiera más lunas que contemplar...