Me disponía yo a bañarme bajo la luna cuando vi a un pequeño saltamontes mirándome directamente. Lo miré por un rato y luego seguí con lo mío, sin darle mucha importancia. Era ya tarde y el cansancio le gana a la curiosidad, pero ¿qué hacía un saltamontes en la ducha...?
En el sueño de esta noche vivo en otra piel. Presencio una cena familiar muy cálida, entre el pasto alto.... y soy un saltamontes más.
Puedo identificar a la madre, al padre, al hijo mayor y yo que vendría siendo.... la hija menor, que presencia todo desde la ingenua alegría infantil. Pero en el ambiente se nota una energía entusiasta de batalla. La madre se despide insegura de sus hombres, pero confiada en su fuerza en que volverán sanos y salvos de la batalla.
Todo se empieza a desvanecer entre cantos y celebración.....y despierto ya pasado el medio día en mi habitación.
Ya de noche otra vez encuentro al mismo saltamontes en mi habitación. Y lo que más me sorprende es reconocerlo del sueño que recuerdo súbitamente. Es el padre de aquella familia del pasto, el que iba a la guerra junto con su hijo.
Pienso que es una locura, pero miro al insecto con más cariño y lo dejo estar mientras me dispongo a dormir y a soñar.
Esta noche me encuentro en un escenario mucho más hostil, en medio de una carrera frenética entre pastos altos. Veo a través de los ojos del padre.
Mi hijo está saltando adelante mío y nos persiguen arañas, que van muchísimo más rápido que nosotros aunque llevemos la ventaja. Es una batalla perdida y a lo lejos puedo oír el caudal de un río, hacia donde nos dirigimos.
En medio del desenfreno despierto de nuevo, agitada, buscando alguna señal del saltamontes. Pero ya no está y llego a pensar que todo fue producto de mi imaginación.
En la tercera noche no creí soñar de nuevo la vida del saltamontes desaparecido, pero así fue. Las escenas pasan muy rápidamente.
Hay un salto muy arriesgado que realizar para huir de las arañas: llegar a unas ramas que sobresalen del cauce de agua, o caer en él. Yo lo logro, pero mi hijo resbala en el salto y se lo lleva la corriente.
Pasado ya el peligro arácnido vuelvo a la orilla y empiezo a vagar simplemente hacia adelante, buscando a mi hijo entre pequeños charcos. Hasta que llego a la gran cascada y me encuentro con ese gigante. No veo razón para seguir, pero quiero que mi historia sea contada antes de morir.
Despierto sintiendo la tristeza del saltamontes y lo encuentro mirándome fijamente. Ahora puedo ver su dolor y comprendo porqué está aquí. Y no puedo hace nada por él, más que escribir su historia para que pueda ir en paz con su hijo.
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