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Al Filo


Hay un frío en mi interior. Tan profundo que nadie lo puede ver, ni siquiera yo.

Podría incluso negarlo, decir que es mi imaginación, que nunca pasó, que nadie lo vió.

Pero sería mentirme, porque el frío está ahí. Siento como me cala los huesos, como se instala en mi vientre sin permiso ni aviso.

Y he aprendido a tropiezos que no puedo mentirme, que no puedo ser desleal conmigo, que no puedo no amarme.

Entonces he de aceptar que el frío sí está ahí; aunque sea inexistente al tacto y no lo pueda explicar con palabras. Será mi secreto personal, un pacto con mi corazón.

Y el frío duele, duele mucho y nadie me cree. Me cansé de explicarlo y no puedo negarlo. Debo tratar de deshacerme de él discretamente, algo que calme las punzadas constantes.

Entonces me baño con el agua tan caliente como la pueda soportar, me acurruco y me abrazo muy fuerte las piernas en la ducha. Tratando de concentrar toda mi energía en mi vientre para que le llegue algo de calor.

Y todo se empieza a diluír.

El calor entra de a poco en mí, ya no duele. Siento como una piedra se vuelve ligera. El dolor de cabeza se va, cierro mis ojos bajo la regadera y ya no veo los filos fríos que me atormentan siempre. Todo se vuelve borroso.

Yo me disuelvo. Dejo de "ser" para volverme infinita un instante.

Pero el tiempo no es estático y debo salir de esa cuna cálida que me he creado. Y estoy en trance, estando presente y observando la vida desde afuera. Mientras que siento el frío volver a mi vientre. El calor que queda se condensa en una lágrima silenciosa y vuelvo al rumbo, vuelvo a reconocer cada punzada.

También existe el otro extremo, en el que me encuentro diluída, extraída del plano terrenal. Incapaz de sentir la realidad que me rodea. Y me desespera no saber si me duele o si me place. Me desespera no poder sentir el filo, ya me he vuelto familiar con él, ya se cómo andar la vida sintiendo todo profundamente, al detalle.

Me asusta tanto dejar de "ser" sin querer, dejar de ver tan de repente.

El choque de agua fría me ayuda a voler a mí. La piel vuelve a erizarse, siento cómo baja cada gota desde mi cabeza hasta mis pies que se estremecen con miles de agujas heladas.

No he podido dejar la carga, siempre estoy en el limbo de ser o no ser. Es un ciclio que parece no tener principio ni fin. Con la fría realidad y sus agujas; el calor y su infinita desilusión.

Y he aprendido a amarlo, he aprendido a amarme.








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